Nos embarcamos en un crucero de lujo para vivir la experiencia Road to Mandalay, desplazándonos a lo largo del río más famoso de Birmania, pasando por sus antiguas pagodas y encantadores pueblos de pescadores.

El río Ayeyarwady es el río más largo de Myanmar con algo más de 2.000 kilómetros, que atraviesa el país de norte a sur. Nace en el norte del país y desemboca en el Mar de Andaman formando un delta. Antes de la llegada del ferrocarril el río era conocido como “el Camino de Mandalay”.

El río es la arteria principal del país y se usa para transportar innumerables mercaderías de norte a Sur y viceversa. En las orillas del mismo se forman numerosas poblaciones que hacen del río su medio de vida. A lo largo de la zona las distintas poblaciones que existen se dedican a la pesca, a buscar oro, al transporte de madera, etc. El adjetivo que mejor define estos pueblos es “auténtico”. Disfrutar de un paseo en barco al atardecer es una experiencia inigualable que combina maravillosos paisajes con una inmensa tranquilidad.

En Bagán, nos embarcamos en un exclusivo crucero de lujo con sólo 43 cabinas, para adentrarnos en Road to Mandalay, una experiencia íntima que se adapta a la tranquilidad de su entorno. Al llegar, y luego de conocer nuestro cómodo y espacioso camarote, fuimos a la cubierta superior y empezamos a disfrutar: un bartender nos esperaba con un cocktail, para deleitarnos mientras comenzamos a observar ese paisaje que de a poco se nos presenta: atrapante, misterioso e imponente.

Fresca, cómoda y llena de luz, nuestra cabina fue el santuario perfecto después de un día bajo el sol de Birmania. Por las mañanas, nos despertábamos con las amplias vistas del río, mientras que encontrábamos pequeños toques de lujo a cada paso. Tejidos locales distintivos y tallados en madera adornan las paredes. Destellos brillantes de flores exóticas marcan la escena.

Tomarse tiempo para relajarse es una parte fundamental de esta aventura: después del desayuno, tomamos una clase de yoga bajo el brumoso sol de la mañana, para terminar con un baño en la pileta de la cubierta, flotando mientras miramos hacia las nubes.

El recorrido avanza y observamos como el sol se refleja en los templos dorados y los monjes vestidos de azafrán serpentean por las calles. Los mercados de especias de color ámbar, exuberantes campos de té verde y los

vibrantes hilos de las prendas tradicionales deslumbran. En este viaje, la fascinante historia de Birmania se descubre en cada metro recorrido. Al costado del río, las mujeres van cargando en sus cabezas canastos con frutas y comida: bananas, ananá, pescado, huevos de codorníz y los increíbles fardos de cigarros, los cheroots envueltos en hojas secas de maíz, junto a las hojas del betel que mastican. Los pescadores trabajan y los niños juegan.

Por las noches, disfrutamos mágicas cenas bajo las estrellas, con música en vivo, que marida perfecto con la explosión de sabores birmanos, tailandeses, indonesios, indios y europeos que componen la carta de esta experiencia. Un recorrido intenso en sensaciones y una cultura inmensa que supimos conocer, apreciar y descubrir.

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