Luego de una fuerte crisis y cuestionado por el mercado, Michael Kors se repuso apostando por el lujo como eje de su salvación. Primero compró Jimmy Choo y ahora Versace, convirtiéndose así en un eximio del mundo de la moda.

A los cinco años, cuando sus compañeros de clase estaban aprendiendo a atarse los cordones de los zapatos, él comenzaba a bocetar el diseño del vestido de su madre para su segunda boda. Años atrás, ella había sido modelo de Revlon y fue quien le enseñó el oficio e involucró, desde muy chico, en el mundo de la moda, encontrando así su vocación para crear.

¿Cuáles fueron sus primeros pasos formales en el ambiente?
Durante mis años de estudio en el instituto, viviendo en aquel entonces en una casa en el barrio de Long Island en Nueva York, fundé mi primera marca. La llamé Iron Butterfly, y diseñaba vendía mis creaciones a un público de cualquier edad, padres de mis amigos e incluso a mis propios compañeros de clase, que confiaban en mis manos para vestirse. Luego ingresé en el Fashion Institute of Techonology (FIT), pero a los nueve meses me aburrí y pensé “es el momento” y decidí hacer las cosas por mi cuenta.

Algo me dice que tenías plena confianza en tu potencial. ¿Cómo fue el despegue?
Decidí aliarme con la boutique Lothar para vender mis diseños y fue su despegue. Yo no tenía nociones preconcebidas sobre lo que funcionaba y lo que no, pero al cabo de un tiempo decidí focalizar mis trabajos en lo que siempre me ha gustado: las cosas sencillas y discretas.

La suerte, además, estaba de su lado: Dawn Mello, la directora de moda de Bergdorf Goodman, le abrió su tienda para que mostrara sus trabajos a los compradores, y esa fue su puerta de embarque para despachar sus creaciones en grandes almacenes como Saks Fifth Avenue, Neiman Marcus o Bloomingdales, ya bajo la marca Michael Kors.

Después de convertirse en un referente del estilo grunge y ser el artífice de algunos de los vestidos más glamorosos de las alfombras rojas, su prestigio en los últimos años comenzó a decaer, tanto que hasta Wall Street había mostrado su preocupación: las ventas de la compañía descendían sin parar, a pesar de múltiples ofertas e increíbles rebajas en internet. Los analistas de Mizuho -la mayor sociedad financiera del mundo- llegaron a estimar el precio objetivo de la compañía por debajo del de su cotización. La situación era tan crítica que en 2016 Business Insider publicó un artículo titulado “¿Por qué Michael Kors ya no es cool?” en el que explicaba que, además de la falta de relevo generacional entre sus compradores, la sobreexposición de la marca –incluyendo su presencia en las tiendas outlet– había degradado la percepción que el público tenía de ella.

El panorama era oscuro, pero Kors afiló la punta del lapiz y decidió que solo había un camino: recomponerse a partir del lujo. “La lección más importante que he aprendido es que la moda es esta cuerda floja donde tienes que ser consistente pero, a la vez, tener la capacidad de sorprender”.

Para ganar notoriedad, y asegurarse efectivo, se asoció con un grupo de inversionistas. Su primer movimiento, en julio de 2017, fue comprar la firma británica Jimmy Choo por 1.350 millones de dólares. El segundo, hace apenas unas semanas, ha sido comprar Versace, un símbolo del lujo y la desmesura italiana.

Lo que busca Kors con esta nueva adquisición es calidad y hacerse con una porción del mercado de lo exclusivo,

que cuenta con un tipo de cliente, un rango de precio y un espacio comercial difícil de perder (la mitad de las ventas de Versace proceden de Oriente Medio y Japón).

Su idea es asentar el futuro de su emporio cubriendo las necesidades de un segmento de población financieramente poderoso e inmune a las crisis. Y así, con un nuevo traje a estrenar, que lleva la etiqueta de Capri (la nueva marca que agrupa Michael Kors, Jimmy Choo y Versace) Kors afirma: “ha pasado el momento de la fast fashion y la calidad va a ser cada vez más importante. Pero la única constante en la moda es que hay que seguir avanzando o te quedás atrás”.

www.michaelkors.com