Ubicada en Reims, la ciudad del champagne por excelencia, tuvimos el honor de ser invitados nada menos que por Bodegas Ruinart, la primer bodega que comenzó a elaborar esta bebida de lujo para reyes y nobles, siendo un referente del sector hasta el día de hoy.

Luego de estacionar y avanzar por los jardines hasta el edificio principal, (sin dejar por un instante de sacar fotos) nos cruzamos con la estatua de un monje llamado Dom Ruinart, alguien que más adelante conoceríamos en el relato de Isabelle Pierre, encargada del Patrimonio histórico de la Maison.

Una vez presentados, Isabelle nos relató cómo don Nicolás Ruinart, sobrino de Dom Ruinart funda la Maison en 1729. Allí mismo desenfunda un estuche antiguo que sólo podía manipular ella con guantes de tela blancos y barbijos, como una verdadera reliquia. Es que en verdad lo era. Se trata de un “libraco” donde se leían de puño y letra, el primer libro de pedidos de Nicolás en septiembre de 1729.

La historia de las burbujas comienza con las palabras “Por la gracia de Dios y la Virgen, comienzo este libro 1 de septiembre….“. Algo que no se ve todos los días.

Retomando como se creó la bodega, Isabelle nos cuenta que Nicolás Ruinart, era ya un comerciante . El se inspiró en las cartas que su tío el monje Dom Thierry Ruinart había dejado para su familia, contándoles su asombro por los vinos con burbujas que pudo probar en la abadía de Hautvilliers. En este lugar fue donde Dom Perignon descubrió cómo elaborar el champagne. Está claro que Dom Perignon (1638-1715) y Dom Ruinart (1657-1709) eran amigos y contemporáneos. Ambos están enterrados en la Abadía de Hautvilliers.

En esa época el champagne era un producto nuevo y raro para la gente, algo exótico que gustaba, algo muy inusual, misterioso y mágico, ya que nadie podía explicar cómo se ponían las burbujas en el vino.

Los reyes y príncipes de la época, estaban siempre en busca de novedades y la gente aspiraba a saber más y a estar atentos a las últimas novedades de la sociedad con respecto a sus invitados, de esta manera pretendían llamar su atención y parecer intelectuales y adinerados.

En el siglo XVIII no había etiquetas en las botellas. La marca era identificada por las iniciales de la bodega en las cajas de embarque, lo cual hacía muy difícil vender rápidamente el producto. Para ello los productores debían viajar a un país o ciudad para conocer la gente adecuada, organizarse y finalmente tomar pedidos para luego enviarlos. Todo un proceso que llevaba mucho tiempo.

Nicolás originalmente estaba en la industria de telas producidas en el norte de Francia, por tal motivo ya tenía contactos en los diferentes países y experiencia en envíos. Cuando comenzó con la industria del champagne, en lugar de viajar, les envió cartas a todos sus contactos para ofrecerles su champagne, esta fue la razón por la cual se pudo manejar tan rápido en el mercado y en el resto de los países (España, Rusia, Bélgica, Alemania, etc).

LAS CRAYÈRES, UN LEGADO DE 2000 AÑOS

A mediados del siglo XVIII, ya sin espacio para añejar y depositar sus botellas, es Claude el hijo de Nicolás quien descubre en las afueras de la ciudad, (hoy pleno corazón de Reims) las crayéres, unas minas de tiza en el cerro Saint-Nicaise. Se denominan así a las canteras de tiza subterráneas que han dejado los romanos debajo de la ciudad.

Fue increíble bajar y observar la huella cavada en la roca hace miles de años, en la época galo- romana. Más acá en el tiempo vemos grafitis y palabras grabadas en tiza, testigos anónimos de una actividad militar, especialmente durante las guerras napoleónicas, pequeñas capillas talladas en la roca blanca, homenajes al Todopoderoso o firmas grabadas durante las guerras mundiales. Estos hoyos de tiza sirven como refugio en ambas guerras, ya que Reims ha sido fuertemente bombardeada.

Cuando Claude las descubre, están casi abandonadas. Claude Ruinart desciende y descubre pasillos, galerías y pozos donde la temperatura de 11°C es constante (ideal para la fermentación secundaria, el momento más delicado en la producción de champagne), el nivel de humedad del 90% es perfecto para el envejecimiento, y la oscuridad y el silencio hacen de este lugar algo único.

EL MÉTODO

La filosofía de Ruinart consiste en alterar lo mínimo posible la mejor uva chardonnay de la región de Champagne para extraer toda su esencia (la bodega tiene 10 hectáreas de uvas en propiedad, el 1% del total de viñedos del grupo LVMH, actual propietario de la Maison Ruinart.

Luego de la extracción, les espera un envejecimiento lento (entre 3 y 12 años) en sus monumentales crayères, declaradas Patrimonio de la humanidad en 2015.

Una botella de Ruinart se puede guardar por 20 años luego de salir al mercado, si le sumamos un promedio de 8 años de añejamiento en la bodega es posible degustarlo con casi 30 años de embotellado.

VOLVER A LAS PRIMERAS BOTELLAS

Un detalle que nos comentan al recorrer las cavas subterráneas y atravesando pasillos larguísimos con estibas de añadas de más de 10 años, es que hasta 1995 usaban las botellas de formato tradicional. Luego encontraron en estas cavas, unas botellas de los inicios del siglo XIX y ya que Ruinart se fundó en 1729 –la primera casa de champagne– se decidió volver a utilizarlas. Este diseño clásico habla de los orígenes del estilo Ruinart. El diámetro más cerrado del cuello se corresponde perfectamente con su visión enológica, que es la de un vino poco oxidativo.

LOS CHAMPAGNES, LAS ESTRELLAS DE LA MAISON

Luego de conocer la historia del lugar, pasamos a recorrer las cavas subterráneas en compañía de Françoise Sastre, una amable francesa con orígenes argentinos (su padre era rosarino!) quien nos mostró como descansa el champagne, la altura de las crayères, detalles históricos varios. De allí, fuimos luego invitados a una sala de estilo clásico, muy bien decorada, para poder catar los cuatro champagnes que producen.

Comenzamos con el más clásico y tradicional:

Ruinart Blanc de Blancs Brut. Chardonnay
Si bien no dice su añada, es un champagne de mínimo 3 años de crianza. Su dosificación de azúcar es de nueve gramos por litro, y con él “ingresamos en el universo Ruinart” dice Françoise. Dorado-verdoso, es tierno, amable, cremoso y tiene mucha frescura aunque un poco ácido se percibe fruta tropical (piña, pomelo, maracuyá) y fondos de hierba y jengibre. Su precio es de 60 euros.

Luego, pasamos en igual escala pero Rosé

Ruinart Rosé Brut.Chardonnay y pinot noir
La uva procede de Premiers Crus, 55% pinot noir y 45% chardonnay. Potente, amable en boca y muy aromático, explora un variado registro de flores (desde la rosa hasta el geranio) y frutas que van de lo exótico (guayaba) al pomelo, con notas de repostería. Su precio es de 60 euros.

En la segunda etapa, degustamos dos Ejemplares de las mejores añadas, estos se denominan Grand Cru:

Dom Ruinart Blanc de Blancs Brut 2006. Chardonnay | AOC Champagne

Cinco gramos de azúcar por litro, doce años de crianza y 100% grand cru. Paladar ahumado y calizo, elegante y pleno, con una espléndida mezcla de crema y nervio ácido, confitura de limón, azafrán y nuez. Muy largo y extremadamente delicioso. Su precio es de 145 euros.

Por último un Dom Ruinart con 14 años de crianza…para culminar fascinados:
Dom Ruinart Rosé Brut 2004. Chardonnay y pinot noir | AOC Champagne

Se trata del rosado que tiene más uva blanca de todos, 81% chardonnay 19% pinot noir. Envolvente, delicadísimo, exhibe el punto graso exacto al tacto y denota matices complejos de especias, cítricos confitados, frutas secas (higo, dátil), flores y una amplia gama de tostados. Sólo nos sale decir “maravilloso”. Su precio es de 240 euros.

Nuestra visita está llegando a su fin, charlando con Françoise sobre su padre argentino, sobre sus orígenes y sus ganas de conocer Rosario y sus raíces.

Nos despedimos con una frase de de Bertrand Mure, uno de los pilares de Ruinart después de la guerra, que solía decir que: “Sólo bebía champán “de 9 a.m. a 9 a.m.”

Casa Ruinart:

4 Rue des Crayères, 51100 Reims

www.ruinart.com